Un monumento natural esculpido por el tiempo, ubicado en las entrañas del municipio Simón Planas, dónde el agua y la corriente erigen un santuario natural conocido como la Cascada El Altar. Este paraíso de formación rocosa descendente, no solo cautiva por sus aguas cristalinas y sus pozos escalonados, sino también por el empeñado espíritu noble de un hombre que, sin recibir remuneración oficial, se ha convertido en el alma del lugar. Se trata de Rafael Montilla, un nativo de la zona alta de Buena Vista, quien llegó hace 18 años a este apartado punto de la geografía larense y halló su verdadera misión de vida.

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La tarea de proteger el lugar

En un acto de amor incondicional los días transcurren sin mayores complejos, ya que don Rafael Montilla asume «ad honorem» la titánica tarea de atender a los visitantes que llegan hasta la Cascada El Altar, un balneario ubicado en la entrada del poblado del sector del mismo nombre; con una cordialidad innata, Rafael no solo resguarda los vehículos o rastrilla el suelo para mantenerlo limpio; sino que su labor trasciende lo logístico. Con la paciencia de un anfitrión experimentado, ayuda a las familias a armar fogones en las zonas aptas, cordializando con los excursionistas e incluso, en su buena voluntad, colabora a preparar los alimentos para quienes buscan recrearse en este edén escondido.

 

Su historia en este rincón del mundo comenzó hace casi dos décadas, cuando decidió dejar atrás su natal Buena Vista. Su primer impulso fue humanitario: ayudar a Teodosio Ruíz, el antiguo jefe del caserío, quien padecía una condición de minusvalidez; sin embargo, Rafael lo apoyaba constantemente en las labores de la propia parcela, y tras el fallecimiento de Teodosio, asumió de manera inquebrantable el oficio de celador de este deslumbrante punto natural.

Sin retribución oficial

 

Para él, el sustento no proviene de instituciones públicas, sino de las colaboraciones voluntarias de los turistas, a quienes ofrece seguridad y mantenimiento. Vive en el caserío Peña de Lara, en la parroquia Sarare, pero la porción más alta de su tiempo transcurre en El Altar. Las pocas horas que pasa en su hogar lo comparte únicamente con un gato, su fiel acompañante, mientras que sus dos hijos residen fuera del país, lo que convierte a la cascada en su gran familia y refugio espiritual.

Entre el cobijo de la naturaleza, la historia y sus visitantes.

Con la serenidad que otorga la vida, Rafael Montilla confiesa que este lugar le ha regalado una paz que no tiene comparación. En su testimonio, recuerda haber laborado en una granja y en un chalet con piscinas, pero asegura que lo que ha conseguido en El Altar «no tiene precio».

Para él, vivir aquí es una «bendición». La gratitud que siente es tan inmensa que lo motiva a recoger la basura que dejan los visitantes inconscientes, un acto que, lejos de empequeñecerlo, lo engrandece como ser humano. «Aquellos que aducen disfrutar el espacio y lo ensucian demuestran poca valoración por el lugar», comenta con pesar. Aunque esto no merma su dedicación. Montilla se ha convertido en un atesorado cronista de los secretos íntimos de la cascada, narrando con propiedad hasta la leyenda del paso de Simón Bolívar con sus tropas en 1813, quien según la tradición oral, descansó bajo un frondoso árbol de mijao apostado a orillas de la quebrada, para descansar y recoger agua entre las tropas.

Su labor le ha permitido conocer a personas incalculables. Con especial agrado recuerda al pastor Jorge Félix Pacheco Faneite, de la reconocida iglesia «Aguas en el Desierto», demostrando que su espacio se ha convertido en un punto de encuentro para el alma y la naturaleza.

La perseverancia como prueba viviente

Rafael Montilla es la prueba viviente de que el amor por la tierra no necesita de cargos públicos ni presupuestos. Su capacidad interpretativa del espacio, su humildad y sus buenos modales han transformado la experiencia de visitar la Cascada El Altar. Sin más respaldo que el cariño de la gente y su propia convicción, este humilde personaje se ha erigido como el guardián de uno de los lugares más mágicos de la entidad, demostrando que la verdadera riqueza se mide en el amor y devoción por lo que se protege desinteresadamente.

Colaboración fotos e información: José Luis Sotillo

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