La permanencia en Lara del lenguaje sonoro del Siglo XIX

En la presente entrega de Reseña de la Añoranza, abordaremos la relevancia histórica y cultural que tienen nuestra Entidad Federal, como ente que atesora la permanencia del lenguaje sonore del Siglo XIX, representado por la Orquesta Mavare, considerada como la agrupación de música típica más antigua en vigencia en Venezuela, porque claro que hubo orquestas de este tipo más antiguas, pero ya no existe, la Mavare sí, que desde el año 2002, se encuentra bajo la tutela de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado. Esta relevancia indiscutible se palpa en las declaratorias de Patrimonio Cultural Vivo que posee, tanto a nivel local y como regional. Nuestro enfoque de hoy se fundamenta en la importancia de la orquesta como un pilar de la memoria colectiva en su carácter de patrimonio auditivo representativo del siglo XIX y principios del XX, en virtud de la voluntad y decisión del joven Miguel Antonio Guerra Ravelo que el 31 de diciembre de 1897, estrenó esta agrupación en un baile de año nuevo en la esquina suroeste de la hay carrera 21 con la calle 24.

Por tal motivo es que destacamos la importancia de su valiosísimo repertorio, que representa una acabada muestra de nuestra música decimonónica en una simbiosis entre lo académico y lo folklórico, que es lo que se conoce como “Música Típica” en Venezuela cuya significación estriba en la contribución que aporta a la preservación de las sonoridades pretéritas de nuestro país. Un aspecto central de la presente entrega es el papel protagónico que juega en esa prolongación de la tradición musical su director, pues la conducción de la Mavare trasciende el dominio técnico-musical (teoría, solfeo y armonía) y en consecuencia el director debe poseer una formación integral que abarque dimensiones antropológicas, sociológicas, etnomusicológicas y estéticas. En este contexto, debemos reconocer la idoneidad del Maestro Rafael Ceballos, cuya competencia no sólo emana de su formación académica, sino de un legado familiar directo y una sensibilidad profunda hacia el «dialecto sonoro» regional, garantizando la reconstrucción histórica de la denominada «Edad de Oro de la Cultura Musical Larense”.

La “Orquesta Mavare, como la Orquesta Típica más antigua aún vigente en Venezuela”, declarada Patrimonio Cultural Vivo primero por la Gobernación del estado Lara Alcaldía en octubre de 2019 y luego por la Alcaldía del Municipio Iribarren en noviembre de 2019 igualmente, lo que vino a potenciar su valoración histórica, artística, estética, antropológica y sociológica, de la cual es garante actualmente la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado, cuyo estreno en manos de la UCLA se materializó la fantástica noche del 28 de febrero de 2002.

Por tal motivo, al cumplirse los 24 años de la primera actuación de la Orquesta Mavare como ente cultura de nuestra máxima casa de estudios superiores, hemos tratado de resumir los elementos fundamentales que erigen a la Orquesta Mavare como Patrimonio Cultural y en consecuencia cual su importancia en este sentido, a través de un esbozo serio, complejo y llevado a buen término con base a criterios fundamentados en todas sus formas. Por lo tanto, hemos procurado igualmente traer a colación el espíritu del palpitar melódico de aquel Barquisimeto cuando las estrellas brillaban esplendentes en su balcón de nubes, por cientos de millares y sobre los tejados corría en alas del viento la música gentil, según lo evocaba Manuel Rodríguez Cárdenas el 31 de enero de 1969. De allí que hemos articulado una coordinación de varios juicios, como guía que permita, primero, la justa valoración de la Orquesta Mavare como Patrimonio Cultural y segundo, la imperiosa necesidad de reconocer la necesaria formación particular de que deben estar dotados, quienes desean navegar por los mares de nuestra “Música Típica” distinta a la folklórica y distinta a la académica y que según el magnífico musicólogo venezolano Juan Francisco Sans de nuestra grata recordación, ella se inició a partir de la criollización del vals europeo.

La Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado como garante de la Orquesta Mavare, tiene la alta responsabilidad de proteger y preservar, enriquecer, conservar y en consecuencia darle prolongación a la memoria colectiva, que representa el sonido que la ha distinguido a lo largo de 128 años, que es muy fácil decirlo, pero que en la práctica es otra la realidad.

Por tal motivo, esa prolongación sonora no es tarea fácil, ni de apresuradas conjeturas huérfanas del análisis desde la perspectiva de la antropología cultural ya que dicha tradición implica la interpretación fiel de esas expresiones artísticas, que requiere ineludiblemente de un experto, es decir, desde el punto de vista musical, más allá del músico que entiende, domina e internaliza la teoría y el solfeo como la composición y la armonía, ya que para darle continuidad a los factores artísticos, estéticos, antropológicos, sociológicos como etnomusicológico y musicológicos, con nociones de lo folklorológico, que en su conjunto actúan complementariamente, articulados unos y otros, es lo que logra en definitiva materializar la memoria histórica musical que interpreta la Orquesta Mavare en cada una de las obras que integran su valioso repertorio, como muestra fehaciente de nuestro pasado cultural con respecto a la música típica, que como hemos tratado de hacer notar, es una simbiosis entre lo folklórico y lo académico.

En este orden de ideas, el Patrimonio Cultural como parte esencial de la identidad de los pueblos de acuerdo a la UNESCO y la ONU (2016), requiere de una suerte de recurso humano capacitado, no sólo musicalmente, sino asimismo, con la sensibilidad y cultura cultivada como hemos dicho en los factores artísticos, estéticos, antropológicos, sociológicos como etnomusicológico y musicológicos, con nociones de lo folklorológico, que le permita asimilar la alta responsabilidad que implica asumir la conducción artística de una organización que representó en un momento culminante y felizmente largo de la emoción venezolana, el vínculo más poderoso y el medio de expresión más elocuente para la Región Centroccidental de la nación, en una palabra, la Orquesta Mavare Patrimonio Cultural indiscutible, cuyo repertorio, sonoridad y la conformación estructural de sus filas de instrumentos reviste considerable y delicada responsabilidad como continua reconstrucción histórica de lo que el investigador Rafael Domingo Silva Uzcátegui (1942) llamó “La Edad de Oro de la Cultural Regional Larense”.

La Orquesta Mavare, desde hace 24 años en manos de la UCLA ha tenido varios directores muy calificados, como Angel Eduardo Montesinos, Liubalena González, Jesús Rodríguez y el Maestro Rafael Ceballos, actual Director Encargado de esta centenaria agrupación orquestal reflejo armonioso del crespón doliente de sus inigualables valses barquisimetanos y de las distintas regiones de nuestra geografía patria, donde surgen de sus dulces maderas la vibración formidable de sus cuerdas y el característico timbre de sus metales que le da su sello distintivo. Estos estupendos valores como la mayoría de nuestros músicos, no cuentan con estudios especializados ni en etnomusicología, como tampoco en musicología, por esa falla recurrente de nuestro sistema educativo musical, cuyo pensum de estudio además de estar orientado exclusivamente al músico ejecutante en cualquier de sus formas, está sistematizado desde un punto de vista eurocéntrico y quienes han desarrollado con acierto el abordaje de la música venezolana, con base a las herramientas metodológicas adquiridas en la academia, lo han hecho más por su interés personal potenciado por diversos factores externos a la educación formal, como los afectivos, estéticos y de afinidad nacionalista, que por las escasas nociones que le brindan los procesos de enseñanza – aprendizaje formales en cuanto a la realidad de la tradición cultural venezolana donde la “Música Típica” está como en un limbo.

Este ha sido el caso precisamente, de quienes ha dirigidos la Mavare, cuya egregia cultura académica está perfectamente amalgamada con la tradición de donde proviene nuestra “Música Típica”, como clara demostración de sus singulares aptitudes como músicos y una amplia capacidad de estudio, por cuyo interés personal más allá de la académica, lograron esos altos estándares de dominio de este tipo de música.

Pues bien, de esa continuidad de factores artísticos, estéticos y emotivos de nuestra expresiones sonoras vernáculas, viene su último director, el maestro Rafael Ceballos, quien se destaca como cifra inobjetable en conocimiento y sensibilidad de la música en general, pero especialmente en la larense y con énfasis en la Orquesta Mavare, en primer término, por la influencia que ejerció en él el maestro Juan Pablo Ceballos su abuelo, cuya admiración hacia este ascendiente y por su obra, lo convirtió en ferviente seguidor de esa vida y esa obra, siendo el mismo guía, consejero y derrotero a seguir por su alta factura académica, su genialidad creativa en el campo de la composición, como igualmente en el ámbito de la instrumentación, lo que genera el segundo término que nutre el conocimiento y sensibilidad del maestro Rafael Ceballos, es que su abuelo ingresó a la Orquesta Mavare en 1923, donde actuó no sólo como músico ejecutante, sino igualmente como arreglista y compositor hasta mediados de los años 30, recibiendo la incidencias de esta agrupación de primera mano, la de su abuelo Juan Pablo Caballos, que le ha permitido ahondar en el acucioso manejo del lenguaje musical autóctono, su sello auditivo regional, con el dialecto sonoro propio de nuestra región, su ortografía nacionalista, su etimología fonética y su cifrado caprichoso, por lo que indiscutiblemente ha mostrado sin pretensiones jactanciosas, las competencias más idóneas que demanda una agrupación centenaria, Patrimonio Cultural, parte esencial de la identidad cultural larense.

Este aspecto constituye punto medular, ya que las obras contenidas en el repertorio de la Orquesta Mavare, si tenemos el cabal conocimiento valorativo para su comprensión, indudablemente vivirán eternamente por encima de todas las apreciaciones técnicas, pues se distinguen por la armonía que revelan entre su forma y su materia y por el perfecto acuerdo que evidencian entre los movimientos de la sensibilidad de los autores allí presentes y los medios que tuvieron a su alcance para traducirlos en el arte de los sonidos.

Erróneamente por desconocimiento, se piensa que por el sólo hecho de que un músico con conocimiento de teoría y solfeo, como de composición y armonía, es más que suficiente para que conduzca una organización orquestal como la Mavare, es una equivoca apreciación de ello, ya que sólo aquellos repito, con la sensibilidad y cultura cultivada en los elemento mencionados, pueden realmente entender la peculiaridad de las sonoridades pretéritas, algunas prácticamente extinguidas, como el bambuco venezolano con incidencia en el larense, he ahí quizás lo más apreciado de las competencias del maestro Rafael Ceballos, que le permite como Director, evitar la desfiguración melódica de las líneas pentagramisticas de los autores contenidos en el repertorio de la orquesta, exaltando la memoria artística del Patrimonio auditivo del Siglo XIX y principios del Siglo XX, como arquitectura del sonido melódico de antaño. Por consiguiente es propicia la acotación de Mariano Antonio Barrenechea (1944):

“…Del saber simplemente técnico resulta, en crítica como en historia del arte, la pedantería y la suficiencia, y como la suficiencia y la pedantería son siempre superficiales de espíritu, hay que concluir que la técnica sola es la superficialidad de las cosas. Del conjunto de conocimientos prácticos que constituyen la teoría técnica, hay que elevarse hasta la idea que la crea o la utiliza; de las obras al fondo de humanidad que encierran…”

Estas apreciaciones, pudiesen parecer meramente subjetivas, pero su connotación científica se fundamenta en los estudios de los nacionalistas, quienes desarrollaron el carácter nacional que ofrecía la música de su tiempo y que contribuyeron con sus trabajos y obras a consolidar la significación evocativa que puede llegar a tener la música, como lo refiere Juan bautista Plaza (1966), quien señala la extraordinaria armonía que se entreteje entre las obras de la producción musical venezolana y las regiones de las cuales emergen, citando de José Antonio Calcaño (1939), un fragmento de su trabajo “Contribución al Estudio de la Música Venezolana” donde el referido autor nos comenta:

“…la imagen más fiel de una naturaleza excepcional, es la del paisaje llanero, de tanta vitalidad y de índole tan característica, no estaría en ninguna descripción literaria, en ninguna fotografía o paisaje, sino en un “Tono” cantado por legítimos llaneros. El “Tono” refleja el espíritu de aquella soledad llena de vida, que se esparce en todo sentido en infinita prolongación. El acorde que surge y se dilata, adormeciéndose en los aires llenos de luz, es seguido por otro que brota con nueva vida y se esparce a su vez hasta diluirse en el horizonte…”

Por lo que se ha verificado, en cuanto a las realizaciones que se han hecho en este sentido, lo señalado anteriormente es perfectamente analogable a la Orquesta Mavare, pues ninguna descripción literaria, ninguna fotografía o paisaje, es más elocuente de la tradición musical decimonónica que pervivió hasta los a los años 40, que la Orquesta Mavare.

De esta forma, esta entrega de Reseña de la Añoranza, ha planteado de manera formativa en aras del enriquecimiento de la cultura colectiva, aspectos no comunes, que son atinentes a las características que debe tener el recurso humano de la Orquesta Mavare por las razones suficientemente expuestas, tanto desde una perspectiva idiomática del lenguaje musical, desde el punto de vista artístico en las muestras musicales representativas del romanticismo ingenuo del Siglo XIX y de una Venezuela agrícola y costumbrista, sumisa y rebelde, sencilla y esperanzadora, como desde el punto de vista científico que fortifica el arte, aumentando su potencialidad evocativa, como testimonio vivo fiel reflejo del pasado sonoro de otros tiempos, que cimienta el presente musical, que forma parte de las raíces que se proyectan hacia el futuro.

Barquisimeto, domingo 22 de febrero de 2026.

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