La noche del martes transformó la Sala de Cámara del Auditorio Nacional de Música en un rincón de la imperial Viena. A las 19:30 horas, la Orquesta de Cámara Iberoamericana presentó su esperada Gala de Año Nuevo bajo el título «Concierto Vienés», una velada que capturó el espíritu festivo de los legendarios conciertos de Año Nuevo de la capital austriaca, pero impregnada del temperamento cálido y la vitalidad característica de los músicos iberoamericanos.

Desde el primer compás, el público madrileño se dejó llevar por una experiencia sublime en su refinamiento, envolvente en sus melodías y electrizante en sus momentos de mayor energía. La interpretación, fiel a la tradición vienesa más pura, estuvo encabezada por Guillaume Pasch, solista-director de la célebre Salonorchester Alt Wien y figura habitual del prestigioso Kursalon de Viena, quien dirigió desde el violín —sin batuta, siguiendo el estilo de los propios Strauss— con una precisión elegante y un carisma que irradiaba por toda la sala.

El programa, cuidadosamente dividido en dos partes, ofreció un recorrido por las joyas más emblemáticas del repertorio vienés. La primera mitad arrancó con la vibrante Außer Rand und Band (Polka rápida) de Eduard Strauss, estableciendo desde el inicio el tono festivo de la velada. Le siguió el romántico vals Rosen aus dem Süden de Johann Strauss II, antes de dar paso a la luminosa Vilja Lied de Franz Lehár.

En este momento hizo su primera aparición estelar la soprano Nathalie Peña-Comas, nominada al Latin Grammy, cuya voz cristalina y expresiva añadió una dimensión lírica conmovedora a las arias de opereta. Su interpretación del Mein Herr Marquis de Die Fledermaus arrancó sonrisas cómplices del público, mientras que el majestuoso Kaiserwalzer (Vals del Emperador) recordó el esplendor de los salones imperiales. La primera parte concluyó con la electrizante Unter Donner und Blitz (Entre truenos y relámpagos), que sacudió la sala con su energía arrolladora.

Tras el intermedio, la segunda parte mantuvo la excelencia con la obertura de Eine Nacht in Venedig, el apasionado Heia in den Bergen de Emmerich Kálmán —nuevamente con Peña-Comas brillando en escena—, la ligera Im Krapfenwald’l, el elegante Gold und Silber de Lehár y la festiva Éljen a Magyar! Como colofón inolvidable, sonaron los compases del eterno An der schönen blauen Donau («El bello Danubio azul»), la pieza que, como manda la tradición, levantó al público entero de sus asientos.

Una ovación que no quiso terminar

Al concluir el programa oficial, una ovación prolongada inundó la Sala de Cámara, obligando a la orquesta a ofrecer tres bises que prolongaron la magia de la noche. Los aplausos, que parecían no querer terminar, confirmaron que el concierto había tocado las fibras más sensibles de los asistentes.

La Orquesta de Cámara Iberoamericana demostró por qué es una agrupación de referencia en el circuito europeo. Integrada por músicos de gran nivel con raíces a ambos lados del Atlántico y colaboradores habituales del Kursalon y la Filarmónica de Viena, la orquesta incluyó entre sus filas al talentoso violinista venezolano Igor García, quien aportó desde la sección de cuerdas ese sello latinoamericano que hace única a esta formación.

Guillaume Pasch brilló como el verdadero protagonista de la velada, dirigiendo con una maestría que combinaba técnica impecable y pasión desbordante. Su capacidad para comunicarse directamente con los músicos sin batuta, siguiendo la tradición de los grandes maestros vieneses, generó una conexión especial que se tradujo en un sonido ligero, brillante y lleno de swing.

Las intervenciones vocales de Nathalie Peña-Comas añadieron momentos de pura emoción lírica que contrastaron perfectamente con la energía instrumental, mientras que la química entre directores, solistas y orquesta creó una atmósfera de celebración auténtica que el público supo apreciar y corresponder.

El concierto demostró que esta Gala de Año Nuevo más que una tradición importada de Viena, se trata de una celebración viva y genuina de la música que une culturas y continentes. La Sala de Cámara dejó ir a un público que llevaba el corazón ligero, la sonrisa en el rostro y, seguramente, el «Danubio azul» sonando todavía en sus oídos.

Una forma perfecta de inaugurar 2026: con música, elegancia y la confirmación de que la tradición vienesa ha encontrado en la Orquesta de Cámara Iberoamericana a un embajador digno de llevar su legado por el mundo hispanohablante.

 

 

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