En medio de la controversia global generada por el interés de Donald Trump en adquirir Groenlandia, el presidente ruso Vladimir Putin decidió romper el silencio con un análisis cargado de ironía y comparaciones históricas. Durante una reunión del Consejo de Seguridad en Moscú, el mandatario afirmó que, aunque el destino de la isla danesa no le «concierne en absoluto», no dudó en tasar su valor de mercado actual. Basándose en la venta de Alaska por parte de Rusia a Washington en el siglo XIX, Putin estimó que, bajo una equivalencia moderna vinculada al precio del oro, Groenlandia podría valorarse en unos 850 millones de euros.
El líder ruso utilizó la historia como argumento central, recordando que Estados Unidos y Dinamarca ya tienen un historial de transacciones territoriales, como la compra de las Islas Vírgenes en 1917. Con un tono que osciló entre la frialdad diplomática y la crítica mordaz, Putin sugirió que Washington tiene la capacidad financiera para gestionar dicho costo, mientras recordaba que su propio país tiene «experiencia resolviendo problemas similares» con los norteamericanos. No obstante, enfatizó que sus cálculos son una referencia técnica y que el conflicto actual es un asunto ajeno a las prioridades inmediatas del Kremlin.
Más allá de los números, Putin aprovechó la oportunidad para lanzar un dardo directo hacia Copenhague. El mandatario cuestionó la postura de Dinamarca, que se opone tajantemente a la venta, acusando a las autoridades danesas de haber tratado históricamente a Groenlandia como una colonia bajo métodos de «extrema dureza». Con este comentario, el presidente de Rusia no solo validó la posibilidad técnica de una compra-venta, sino que también puso en duda la solvencia moral de la administración danesa sobre el territorio ártico, elevando la tensión dialéctica en el norte.
Finalmente, esta intervención de Putin añade una nueva capa de complejidad a la «crisis de Groenlandia», posicionando a Rusia como un observador calculador en un tablero donde los recursos naturales y la soberanía están en juego. Al comparar la superficie de Alaska con la de la isla y ajustar los precios de hace dos siglos a la realidad financiera de 2026, Rusia envía un mensaje sutil sobre su memoria histórica en la región. Mientras Trump persiste en su ambición expansionista, Moscú parece disfrutar del espectáculo diplomático, recordando que, en geopolítica, todo territorio parece tener un número asignado.