El panorama diplomático regional se sacude tras las recientes declaraciones del presidente de Panamá, José Raúl Mulino. El mandatario fue enfático al asegurar que su administración no otorgará legitimidad a Delcy Rodríguez como sucesora de Nicolás Maduro, luego de la captura de este último por parte de autoridades estadounidenses. Mulino calificó cualquier intento de continuidad como «la misma jeringa con el mismo pistón», cerrando la puerta a relaciones políticas con una gestión que dé prolongación al sistema actual.
Para el Gobierno panameño, la única ruta válida es una transición democrática que culmine con la toma de posesión de Edmundo González Urrutia. Mulino reafirmó su reconocimiento a González como el legítimo ganador de los comicios del pasado 28 de julio de 2024, basando su postura en las actas electorales que, según reveló, se encuentran resguardadas bajo custodia en el Banco Nacional de Panamá.
No obstante, la postura de Mulino no se limitó a la política interna venezolana. El mandatario también expresó sus reservas ante los recientes anuncios de Washington. Cuestionó la propuesta del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sobre una posible administración transitoria de Venezuela dirigida desde la Casa Blanca, calificando esta intención como una medida unilateral que carece de un sustento jurídico sólido en el marco del derecho internacional.
Con este pronunciamiento, Panamá se posiciona como una voz crítica que busca un equilibrio entre el rechazo a la continuidad del chavismo y la defensa de la autonomía regional frente a intervenciones externas. La mirada del continente se mantiene fija en el istmo, que ahora juega un papel clave como custodio de pruebas electorales y actor diplomático de peso en esta crisis en pleno desarrollo.