En una de las paradojas más amargas de la historia migratoria latinoamericana, Perú se ha convertido en uno de los países con mayor rechazo hacia los venezolanos, alcanzando niveles de discriminación que superan incluso a Chile. Hoy, mientras más de 1.5 millones de venezolanos residen en territorio peruano según datos de 2024, enfrentan una hostilidad que contrasta brutalmente con un hecho histórico innegable: Perú es uno de los países con mayor diáspora en el mundo, con más de 3 millones de peruanos viviendo en el extranjero, muchos de ellos en situaciones migratorias irregulares. Pero hay algo aún más doloroso: miles de esos peruanos que hoy viven fuera de su país encontraron refugio precisamente en Venezuela durante décadas, el mismo país del que ahora huyen quienes son rechazados en suelo peruano.

La historia que Perú prefiere olvidar

Lo que hace esta xenofobia aún más hiriente es un capítulo histórico que muchos peruanos parecen haber borrado convenientemente de su memoria colectiva: durante las décadas de los 80 y 90 del siglo XX, mientras Perú atravesaba una de sus peores crisis —con violencia terrorista, hiperinflación del 7,649% en 1990 y colapso económico— Venezuela abrió sus puertas a decenas de miles de peruanos que huían de la miseria y el terror.

La migración peruana hacia Venezuela alcanzó su punto máximo precisamente en esos años oscuros. Miles de peruanos, muchos de ellos en situación irregular, encontraron en Venezuela las oportunidades que su país les negaba. Según datos oficiales, en 2013 Venezuela regularizó a 90,000 peruanos que residían ilegalmente en el país, una cifra que representa solo una parte del total de peruanos que habían migrado allí durante las décadas anteriores.

¿Y cómo los trató Venezuela? Con generosidad. Los peruanos se insertaron en diversos sectores de la economía venezolana, muchos lograron destacar en televisión, deporte, academia, periodismo y emprendimiento. Construyeron sus vidas y carreras en Venezuela. No enfrentaron campañas masivas de rechazo, no fueron culpados sistemáticamente por la delincuencia, no sufrieron linchamientos ni marchas exigiéndoles que se fueran.

Hoy, estadísticas del INEI muestran que el 14,7% de los peruanos que retornaron a su país entre 2000 y 2017 lo hicieron precisamente desde Venezuela. Familias enteras que pasaron años, incluso décadas, viviendo en territorio venezolano, trabajando, estudiando, enviando remesas a Perú. Venezuela les dio lo que buscaban: seguridad económica, estabilidad, oportunidades.

Una nación de migrantes que rechaza a los migrantes

Perú no es ajeno a la migración. Desde los años 80, oleadas masivas de peruanos han salido del país huyendo de la violencia del conflicto armado interno que dejó casi 70,000 muertos, la crisis económica, la hiperinflación, y posteriormente, en busca de mejores oportunidades. Estados Unidos, España, Chile, Argentina, Italia, Japón y Venezuela se convirtieron en destinos principales.

Hoy, las remesas que envían los peruanos desde el extranjero representan aproximadamente el 3% del PIB nacional, más de 3,700 millones de dólares anuales que sostienen a cientos de miles de familias. Sin embargo, esta misma nación que depende económicamente de la generosidad de países que acogieron a sus ciudadanos muestra una de las tasas más altas de rechazo hacia los migrantes venezolanos.

Los números de la hipocresía

Los datos son contundentes y vergonzosos. Según el Barómetro de las Américas 2023, el 63% de los peruanos considera que los venezolanos aumentan la delincuencia, a pesar de que las estadísticas oficiales no respaldan esta percepción. Un estudio de la OIM de 2024 reveló que solo el 0.15% de los venezolanos en Perú fueron denunciados por delitos, una cifra diez veces menor al 1.5% de la población peruana.

Una encuesta de Ipsos Perú reveló que el 58% de los peruanos tiene una percepción negativa de los venezolanos, y el 47% considera que deberían regresar a su país. El Grupo de Análisis para el Desarrollo (GRADE) identificó que los venezolanos son el grupo migrante que enfrenta mayor discriminación laboral en Perú, con salarios hasta 30% menores que los peruanos por el mismo trabajo.

La situación se agravó con medidas como la exigencia de visa humanitaria y posteriormente de visa consular, que dejaron a miles en la irregularidad. Los episodios de violencia xenófoba están documentados: el linchamiento casi fatal de un venezolano en Ate en 2019, las marchas antimigrantes en Lima y otras ciudades y las constantes agresiones verbales y físicas que enfrentan venezolanos en espacios públicos.

La memoria selectiva de una nación migrante

¿Cómo explicar que un país que ha pedido comprensión para sus millones de emigrantes niegue ese mismo derecho a quienes llegan a su territorio? ¿Cómo explicar que un país que fue acogido generosamente por Venezuela durante sus peores años ahora rechace a los venezolanos que huyen de la misma crisis que alguna vez obligó a los peruanos a emigrar?

La respuesta es tan compleja como dolorosa: racismo estructural, crisis económica proyectada sobre el extranjero como chivo expiatorio, y una amnesia histórica conveniente.

Perú ha pedido repetidamente a países como Chile que traten dignamente a sus ciudadanos, que regularicen su situación migratoria, que no los discriminen laboralmente. Ha denunciado casos de peruanos maltratados, explotados o deportados injustamente. Sin embargo, cuando los venezolanos piden exactamente lo mismo en suelo peruano, se encuentran con hostilidad institucional y social.

La ironía alcanza su punto más alto cuando se considera que muchos peruanos que hoy viven en Europa o Estados Unidos llegaron con visas de turista y se quedaron irregularmente, exactamente como lo hacen muchos venezolanos en Perú. Muchos trabajaron en empleos informales, enviaron dinero a casa, enfrentaron discriminación y lucharon por regularizarse. ¿Por qué entonces niegan esa misma oportunidad?

En 2018, cuando Italia endureció sus políticas migratorias bajo el gobierno de Salvini, la cancillería peruana expresó su «preocupación» por el trato a los peruanos. Ese mismo año, Perú implementó requisitos de pasaporte y visa para venezolanos, dejando a miles varados en la frontera de Tumbes en condiciones inhumanas.

Cuando Chile deporta peruanos, los medios peruanos hablan de «trato inhumano» y «violación de derechos». Cuando Perú deporta venezolanos en operativos nocturnos, separando familias y enviando personas en vuelos sin posibilidad de recoger sus pertenencias, el discurso oficial habla de «control migratorio necesario».

En 2013, cuando Venezuela regularizó a 90,000 peruanos indocumentados, el Parlamento Andino Peruano celebró la medida como «positiva para el país y la integración regional», afirmando que permitiría que esos connacionales tuvieran «empleos mejor remunerados» y dejaran «la angustia y el miedo de ser deportados». ¿Dónde está esa misma generosidad cuando los venezolanos piden lo mismo en Perú?

Más allá de las cifras: la contribución venezolana

A pesar del rechazo, los venezolanos en Perú contribuyen significativamente a la economía. Miles de profesionales de la salud —médicos, enfermeras, odontólogos— han llenado vacíos críticos en el sistema sanitario peruano, especialmente durante la pandemia. Ingenieros, profesores, emprendedores y trabajadores en todos los sectores aportan conocimientos, pagan impuestos cuando están formalizados, y generan empleos.

Un estudio del Banco Mundial destaca que los migrantes venezolanos en Perú tienen niveles educativos superiores al promedio de la población local, con más del 50% habiendo completado educación superior según la ENPOVE 2022. La Cámara Empresarial Venezolana Peruana y la Fundación Konrad-Adenauer-Stiftung documentaron que en 2020, a pesar de la pandemia, la población venezolana aportó al fisco alrededor de 139 millones de soles y contribuyó con el 0.02% del PIB.

Sin embargo, enfrentan barreras sistemáticas para la convalidación de títulos, lo que los obliga a trabajar en empleos muy por debajo de su calificación.

La xenofobia peruana contra los venezolanos es una traición a millones de peruanos que dependen de la bondad de extraños en tierras lejanas. Cada peruano que insulta a un venezolano debería preguntarse: ¿cómo quisiera que traten a mi hermano en Chile, a mi prima en España, a mi tío en Estados Unidos, a mi padre que vivió en Venezuela durante los años 90?

Las remesas que sostienen la economía peruana son posible porque otros países abrieron sus puertas, porque dieron oportunidades laborales, porque regularizaron situaciones migratorias. Venezuela lo hizo con decenas de miles de peruanos cuando Perú atravesaba su peor crisis. ¿Con qué autoridad moral puede Perú negar ahora lo mismo que recibió?

Construyendo desde la coherencia

La solución no pasa por el nacionalismo exacerbado ni por políticas migratorias restrictivas que solo generan irregularidad y vulnerabilidad. Exige coherencia: si Perú quiere que sus ciudadanos sean tratados con dignidad en el extranjero, debe tratar con dignidad a quienes llegan a su territorio.

Se necesitan políticas de integración real, no solo control. Programas de reconocimiento de títulos ágiles, campañas contra la discriminación, facilitación de regularización migratoria, y sobre todo, educación sobre la propia historia migratoria peruana, incluyendo el capítulo venezolano que muchos prefieren olvidar.

Los venezolanos en Perú no son invasores. Son profesionales, trabajadores, familias que buscan exactamente lo mismo que buscaron los 3 millones de peruanos en el extranjero: seguridad, oportunidades, dignidad. Merecen el mismo trato que los peruanos exigen para los suyos en otras latitudes, el mismo trato que Venezuela dio a los peruanos durante décadas.

La xenofobia peruana hacia los venezolanos expone una hipocresía estructural que nos interpela sobre nuestra capacidad de empatía y memoria. Si un país que vive de las remesas de sus emigrantes, que fue acogido generosamente por Venezuela en sus peores años, puede ser tan hostil con quienes llegan a sus fronteras, ¿qué nos dice esto sobre nuestra humanidad?

Para los venezolanos, la lección también es clara: debemos trabajar activamente en nuestra integración, respetar las leyes y costumbres, aportar positivamente a las comunidades que nos reciben, pero sin renunciar a exigir el trato digno que merecemos. El mismo trato que Venezuela dio a los peruanos cuando más lo necesitaban.

La historia es testigo. Cada peruano que hoy vilipendia a un venezolano debería recordar que en algún lugar del mundo, hay un peruano que también fue migrante, que también pidió una oportunidad, que también enfrentó el rechazo. Y debería recordar que miles de esos peruanos encontraron esa oportunidad precisamente en Venezuela.

¿Será Perú capaz de mirarse en el espejo de su propia diáspora y actuar con la coherencia que su historia exige? ¿Será capaz de recordar la generosidad con la que Venezuela trató a sus ciudadanos y corresponder ahora con la misma humanidad? ¿O continuará siendo testigo de cómo una generación olvidó que ellos también fueron —y siguen siendo— migrantes, y que Venezuela les tendió la mano cuando más la necesitaban?

La respuesta definirá no solo el futuro de los venezolanos en Perú, sino el carácter moral de una nación que no puede pedir para los suyos lo que niega a los demás, y que no puede olvidar la deuda de gratitud con el país que acogió a sus ciudadanos en tiempos de crisis.

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