El exilio en Madrid celebra la caída de Maduro, pero espera con prudencia una transición hacia la democracia

En Madrid, epicentro de la diáspora venezolana en Europa, el presidente electo Edmundo González Urrutia intenta articular desde las sombras el futuro de un país que aún no logra pasar página

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Nicolás Maduro fue acompañado por agentes de la DEA a una prisión en Nueva York. Getty Images

Mientras el depuesto líder chavista Nicolás Maduro permanece detenido en una cárcel de Brooklyn, en Estados Unidos, la transición política venezolana continúa marcada por la incertidumbre y el exilio.

En Madrid, epicentro de la diáspora venezolana en Europa, el presidente electo Edmundo González Urrutia intenta articular desde las sombras el futuro de un país que aún no logra pasar página, según reseñó The New York Times.

El diario estadounidense describe cómo González, de 76 años, vive en un modesto apartamento en la capital española, donde es tratado como “presidente” por otros exiliados mientras impulsa gestiones para la liberación de presos políticos, sostiene encuentros diplomáticos y esboza una plataforma de gobierno que podría prolongarse en el tiempo. Todo ello lejos de Caracas, luego de verse obligado a abandonar el país tras la negativa del aparato militar chavista a reconocer su victoria en las presidenciales de 2024.

España alberga hoy a cerca de 700.000 venezolanos, la mayor comunidad fuera de América Latina. Muchos de ellos se concentran en barrios acomodados como Salamanca, donde la acumulación de propiedades adquiridas por empresarios, exfuncionarios y figuras políticas ha dado lugar al apodo de “Little Caracas”.

De acuerdo con The New York Times, esta diáspora posee una enorme influencia política y económica, así como grandes expectativas tras la captura de Maduro por fuerzas especiales estadounidenses el pasado 3 de enero.

“La voz de Venezuela fuera de Venezuela”

Sin embargo, el arresto del exmandatario no derivó en el escenario que muchos anticipaban. Aunque sectores de la oposición en el exilio celebraron inicialmente la operación y esperaban un rápido retorno a Venezuela, el país sigue bajo el control de Delcy Rodríguez, vicepresidenta del régimen, ahora respaldada por Washington como interlocutora clave para garantizar estabilidad, petróleo y una transición gradual.

Esa decisión del presidente Donald Trump ha generado frustración en parte de la diáspora, especialmente entre quienes promovían una intervención militar directa. “Se les puede poner malo el champán”, ironizó el escritor y empresario venezolano Boris Izaguirre, citado por The New York Times, al describir el ánimo de ciertos exiliados que soñaban con un regreso inmediato al poder y a los negocios.

Analistas y dirigentes opositores consultados por el diario advierten, no obstante, que un retorno precipitado sería inviable. Carlos Tablante, exministro venezolano radicado en Madrid, sostuvo que “es más útil tener al presidente electo en Madrid que en la cárcel en Caracas”, al subrayar que el régimen aún controla las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia.

En este contexto, Madrid se ha convertido en un escenario de contrastes: celebraciones discretas por la caída de Maduro, temor por la permanencia del chavismo en el poder y debates internos sobre cómo adaptarse a una transición que no responde a las expectativas de ruptura inmediata. Restaurantes, hoteles y espacios sociales funcionan como puntos de encuentro de una élite exiliada que discute el futuro del país entre la cautela y la resignación.

González ha optado por mantener un perfil bajo. Rechazó declarar a The New York Times, mientras que, según exiliados citados por el medio, María Corina Machado le habría recomendado prudencia para no entorpecer sus gestiones ante la Casa Blanca. La líder opositora, Premio Nobel de la Paz, también permanece fuera de Venezuela a la espera de condiciones que permitan un retorno seguro.

En medio de este prolongado compás de espera, la diáspora venezolana en Madrid continúa siendo, como afirmó María Constanza Cipriani al diario estadounidense, “la voz de Venezuela fuera de Venezuela”. Una voz que amplifica reclamos, mantiene viva la causa democrática y observa, con mezcla de esperanza y ansiedad, un proceso de transición cuyo desenlace aún está lejos de definirse.

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