A las puertas de la procesión número 168, el pueblo de Santa Rosa se ha convertido en un epicentro de espiritualidad y cultura. Cientos de feligreses se congregan en la novena de la Divina Pastora, transformando el santuario y sus alrededores en un lienzo vivo de devoción.
Dentro del templo, el ambiente es de un respeto sobrecogedor. Mientras algunos escuchan la eucaristía en un silencio profundo, otros desafían la multitud para acercarse al nicho de la «Pastora». La escena es conmovedora: manos que se aferran a la madera o al vidrio protector, ojos empañados que buscan una mirada de consuelo y promesas que se pagan en silencio.


Llama la atención las ofrendas particulares: coronas brillantes en manos de jóvenes que agradecen triunfos en certámenes, otros ofrendan flores y hacen peticiones discretas que solo la Virgen y el devoto conocen.
Afuera, la experiencia cambia, pero mantiene la misma esencia. El color vibrante de las casas coloniales de Santa Rosa enmarca un corredor cultural espontáneo de comercio y tradición.



Entre vendedores, la fe también se convierte en el motor económico del pueblo, ofreciendo desde rosarios hasta réplicas en miniatura de la imagen.
Bajo el cielo que empieza a teñirse con los famosos crepúsculos de Barquisimeto, queda claro que esta festividad trasciende lo religioso: es el punto de encuentro donde el arte, la cultura y la fe de un pueblo se vuelven una sola voz. AC




