En una sesión clave ante la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, el secretario de Estado, Marco Rubio, desglosó la estrategia de la administración Trump para el tablero venezolano. Apenas un mes después de la captura y extracción de Nicolás Maduro, el jefe de la diplomacia estadounidense fue tajante: la situación era insostenible y la intervención era el paso necesario para frenar el caos. Rubio presentó una hoja de ruta dividida en tres etapas críticas —estabilidad, recuperación y transición— con la que Washington busca transformar a la nación caribeña en un aliado democrático y próspero para la región.
La primera fase, enfocada en la estabilización inmediata, ha sido diseñada para prevenir un vacío de poder o estallidos de violencia interna. Rubio reveló que se han establecido canales de comunicación directos y honestos con quienes aún manejan los hilos institucionales en Caracas. Un punto neurálgico ha sido la creación de un mecanismo financiero que permite la venta de crudo bajo supervisión estadounidense. Los fondos, depositados en cuentas controladas, se destinan exclusivamente a servicios básicos y a la compra de suministros médicos en EE. UU., evitando así que el país se quedara sin liquidez para operar tras la caída del mando anterior.
En cuanto a la recuperación económica, el secretario destacó que la riqueza natural del país será el motor de su reconstrucción, siempre y cuando se logre una industria petrolera libre de vicios políticos. Rubio mencionó con optimismo la reciente aprobación de una Ley de Hidrocarburos por parte de las autoridades actuales, la cual elimina trabas de la era chavista para atraer capital privado. Aunque admitió que la reforma aún requiere ajustes para seducir a grandes inversores, calificó el avance como un salto cualitativo respecto a la parálisis institucional que imperaba hace apenas tres semanas.
El tercer pilar, y quizás el más delicado, es la transición hacia una democracia competitiva. Rubio fue enfático al señalar que realizar elecciones no es suficiente si la oposición no cuenta con garantías reales, acceso a medios y libertad de postulación. Para Washington, este proceso debe ser gradual pero firme, garantizando que los espacios políticos no sean un simulacro. La meta es clara: desmantelar el sistema que permitió el control absoluto y sustituirlo por un modelo de contrapesos donde el voto ciudadano recupere su valor sagrado.
Un componente innegociable en este camino es la liberación de los presos políticos. Rubio estimó que cerca de 2.000 personas deben salir de los calabozos para que la transición sea legítima. Aunque reconoció que el ritmo de las excarcelaciones es más pausado de lo deseado, celebró que muchos de estos líderes ya se estén reintegrando a la vida pública. Para el secretario, no puede haber un nuevo comienzo si quienes alzaron la voz por la libertad permanecen tras las rejas bajo acusaciones infundadas.
Finalmente, Rubio cerró su intervención con una dosis de realismo político, recordando que se está lidiando con actores que durante años operaron bajo lógicas de criminalidad. Sin embargo, se mostró sorprendido por la velocidad de los avances logrados en menos de un mes. El compromiso de la Casa Blanca es que Venezuela luzca radicalmente mejor en los próximos trimestres, dejando atrás la sombra de Maduro para dar paso a una nación estable que deje de ser una amenaza y se convierta en un motor de prosperidad para el hemisferio.