En el fútbol americano, un Hail Mary (o “Ave María” en español) es la jugada que se corre cuando la esperanza está casi agotada y el tiempo está a punto de acabarse. El quarterback retrocede, esquiva la presión y lanza la pelota lo más lejos posible hacia una multitud en la zona de anotación, esperando que, entre el caos, uno de los suyos logre atraparla.
Prácticamente nunca funciona, pero cuando lo hace, se siente casi milagroso.
Pienso que esa metáfora aplica —no solo por el guiño al nombre— sino porque la irrupción de María Corina como líder de la oposición fue, para un país con el reloj casi en cero, el Hail Mary de último segundo. Este artículo no es religioso, por supuesto. Es sobre política y sobre la cadena de eventos que nos trajo hasta donde estamos hoy en Venezuela.
Escribo este texto por dos razones. La primera, como ya insinué arriba, es trazar cómo llegamos hasta aquí. La segunda es responder a algunas acusaciones, y a “pruebas de pureza ideológica” que voces en X (Twitter) han intentado imponer para criticar el liderazgo de María Corina, aparentemente olvidando la inteligencia, la valentía y los episodios casi heroicos que hicieron posible este momento en primer lugar.
Aunque hoy la incertidumbre sigue siendo alta y todavía hay cálculos pragmáticos que deben hacerse en el corto plazo, sería un error perder eso de vista. Momentos como este son raros y se malinterpretan con facilidad, y los seres humanos tienen memoria corta. Y ya que dicen que recordar es vivir, entremos en materia.
Convergencia
La forma más precisa (y simple) de describir este presente, sostendría yo, es que dos fuerzas poderosas se combinaron para traer a Venezuela hasta este punto.
La primera fue el ascenso de María Corina Machado, quien reanimó el espíritu de los venezolanos y restauró la creencia en un futuro mejor. Fue capaz de convertir lo que parecía otra derrota más en un proceso irreversible que nos ha acercado a la victoria como no ocurría en al menos tres décadas.
La segunda también fue extraordinaria: no solo por las adversidades superadas durante su campaña —incluidos intentos de asesinato—, sino porque Donald Trump, contra todo pronóstico, se convirtió en el único presidente desde Grover Cleveland, en 1893, en ganar mandatos no consecutivos. Su regreso al poder, junto con las decisiones de gabinete que siguieron (principalmente la elección de Rubio como Secretario de Estado), reorientaron la política exterior de Estados Unidos hacia prioridades hemisféricas bajo lo que algunos han llamado la “Doctrina Donroe”, una continuación de las prioridades geopolíticas que EE. UU. formuló en la época de James Monroe, que luego Theodore Roosevelt expandió y que ahora Trump está reinterpretando para el siglo XXI. Dicha política está plenamente activa en las Américas y fue lo que llevó a la caída del dictador Maduro con la ejecución impecable de la Operación Absolute Resolve.
Aunque ambas fuerzas importan enormemente, este artículo se enfoca principalmente en María Corina. Escribiré con más detalle sobre Trump y Rubio otro día, pero hoy lo importante es subrayar por qué ella también fue y sigue siendo clave: cómo ayudó a llevar al país a este momento y por qué su liderazgo importa para lo que viene.
El cambio de marea
Durante años se le dijo al venezolano que, para ganar, había que moderarse, ser ambiguo y camuflarse ideológicamente; que había que ser “un poco socialista” para ser electo; y que tener convicción en las ideas de libertad era temerario o políticamente suicida. Claramente, esas estrategias no dieron resultados. Produjeron estancamiento y resignación: una aceptación silenciosa de que nada esencial iba a cambiar.
En el centro de ese fracaso había una premisa falsa que dominó el clima venezolano durante décadas: que a los pobres había que administrarlos (y consentirlos) en vez de empoderarlos; que la dependencia del Estado era compasión; y que la libertad era un lujo para un país con otra estructura socioeconómica. En esa discusión —que por años se evitó por “táctica”, por miedo, o quizás por corrupción— Machado hizo algo inusual en la política venezolana: le habló al país sin rodeos. Apostó implacablemente por la libertad, con claridad y sin titubeos. Señaló las causas de la destrucción y explicó con lucidez qué era lo que estaba en juego.
En el fondo, María Corina transmitió la enseñanza de Winston Churchill, cuando afirmó que “el socialismo es la filosofía del fracaso, el credo de la ignorancia y el evangelio de la envidia, cuya virtud inherente es el reparto igualitario de la miseria”.
Por eso, María Corina no prometió mejores dádivas, sino un país donde la gente pueda trabajar, prosperar, competir y construir. Un país donde las familias no tengan que irse en busca de oportunidades, sino que puedan quedarse y florecer ahí mismo. Una nación donde se respete la propiedad privada. Donde el esfuerzo y la educación importen, y donde la dignidad reemplace la dependencia en el aparato político.
La victoria de Javier Milei en Argentina mostró que esto puede funcionar. Demostró que incluso un electorado históricamente de izquierda y mayoritariamente pobre puede escoger la autosuficiencia y la iniciativa propia cuando se le trata como ciudadano y no como cliente.
Sí, es cierto: Venezuela no es Argentina. Las condiciones son más duras, el régimen chavista es mucho más criminal y el daño es más profundo. Pero la lección no cambia: el socialismo destruye; la libertad construye. Y a una población se le puede convencer de eso con claridad y convicción. Con coraje, determinación e inteligencia, ella demostró que los chavistas no eran invencibles. Unificó a una oposición fragmentada y obligó al régimen a reaccionar.
Sobre todo, rompió la creencia de que la libertad misma era inelegible. Y ese cambio ya está en marcha.
El comienzo del fin
Si volvemos al 2023, cuando María Corina emergió como líder indiscutible de la oposición, el reloj estaba casi en cero. El país estaba vaciado, millones habían huido y la esperanza era escasa. Pero en ese momento, siguiendo la analogía deportiva, los venezolanos le lanzaron la pelota, y por eso hoy estamos en una situación tan esperanzadora.
Por supuesto, la liberación de Venezuela no será limpia, rápida ni libre de compromisos. Seguramente habrá retrocesos, demoras y negociaciones incómodas. Sin embargo, algo irreversible ya ocurrió: el socialismo perdió la “autoridad moral” que durante años pretendió monopolizar. Tenga o no María Corina la presidencia en el corto plazo, ya logró reordenar el tablero.
Su decisión de entregarle a Trump su medalla del Premio Nobel de la Paz fue otra clara señal de esa convicción y mentalidad ganadora. No estaba buscando aplausos simbólicos de instituciones lejanas, sino influencia real y capacidad de ejecutar. Evidentemente la libertad no se consolida con comunicados ni con comisiones. Se consolida con coraje, sacrificio y con un instinto claro por obtener la victoria. Esto lo entendió ella muy bien.
En síntesis: estamos al comienzo del fin y, por primera vez en muchísimo tiempo, la zona de anotación está al alcance. El camino por delante sigue siendo largo y las jugadas finales todavía no se han corrido. Pero al continuar avanzando, conviene recordar el Hail Mary que nos trajo hasta aquí.
Jesús A Riera S.