Este viernes 23 de enero de 2026, se cumplen 68 años de la caída de la última y brutal dictadura militar, de las tantas que ha padecido Venezuela.
En efecto, el 23 de enero de 1.958, tras diez años de haber tenido sometidos a todos los venezolanos a base de la represión y del terror, caía el oprobioso régimen de Marcos Pérez Jiménez, un militarsote –aun cuando era bajito de estatura– que se adueñó del país por diversas circunstancias, y lo manejó, o, mejor dicho, lo sojuzgó, a su antojo durante esos diez años de opresión, terror y corrupción.
El exmandatario fue un hombre regordete, de baja estatura, mostraba una pronunciada calva y no tenía escrúpulos de ninguna naturaleza, como tantos militares que han pasado por las academias castrenses venezolanas, pero poseedor –eso hay que reconocerlo– de una inteligencia innata y asombrosa, al extremo de que siempre fue el número uno de todas sus promociones.
Ésa fue la verdad, y, como periodistas serios y objetivos, tenemos que reconocerlo.
Una inteligencia que puso él de manifiesto, no sólo para llegar al máximo grado de la jerarquía militar del país, sino también a la máxima magistratura ejecutiva del Estado, al precio que fuera, habiendo incluso sido el evidente autor intelectual del asesinato, el 13 de agosto de 1950, del para entonces presidente de la junta militar de gobierno, el coronel Carlos Delgado Chalbaud.
Y, por cierto que, aun cuando los dedos de todo el mundo en Venezuela lo apuntaban a él como el evidente autor intelectual del magnicidio, se las arregló para permanecer como miembro de esa junta de gobierno, y, subsecuentemente, también supo arreglárselas para llegar poco después a ese poder que tanto anhelaba.
En todo caso, lo cierto es que, de esa forma, Pérez Jiménez se quitaba del medio al único obstáculo de peso –Delgado Chalbaud– que tenía en ese momento en su camino hacia la silla de Miraflores, la que tanto ansiaba y a la que, como antes señalamos, finalmente ascendió al precio que fuera, porque –repetimos– no tenía escrúpulos de ninguna naturaleza.
En la madrugada del 23 de enero de 1.958, el sátrapa huyó del país hacia Santo Domingo, República Dominicana, tras ver desmoronarse su régimen de 10 años de atrocidades contra los venezolanos.
Fueron centenares los compatriotas que, o murieron, o quedaron inválidos por los carcelazos, las torturas y los diferentes mecanismos de persecución y represión contra ellos puestos en práctica por el régimen perezjimenista.
Aparte de ello, se podían contar por decenas las familias que quedaron divididas, o destruidas, como consecuencia de la brutal represión puesta en práctica por el gobierno de ese entonces.
El derrumbe del régimen
Para la caída del gobierno dictatorial, se conjugó un conjunto de factores que hicieron posible el derrumbe del régimen, algo que, pocos meses antes, parecía verdaderamente imposible.
El factor civil, por cierto, estuvo encabezado por millares de estudiantes universitarios y de secundaria que, durante los últimos seis meses de la dictadura, se echaron a las calles, a los barrios y a las fábricas, aún a riesgo de sus propias vidas –varios de ellos murieron, por cierto–, a incentivar la lucha del pueblo contra la tiranía.
Así, durante esos primeros 23 días del mes de enero de 1.958, y en medio de diarias y masivas manifestaciones de calle contra el régimen, ya no solamente en Caracas, sino en prácticamente todas las capitales de estados, incluida, por cierto, Barquisimeto, el régimen se fue poco a poco desmoronando, ya no sólo en lo civil, sino también en lo militar, esto último sobre todo luego del fracasado alzamiento de un sector de la Aviación militar, al amanecer del 1° de ese mes de enero, encabezado por el teniente coronel Hugo Trejo.
Un alzamiento que, si bien fracasó, no obstante, prendió y echó a correr la llama de la insurrección dentro de la conciencia los militares institucionalistas de todas las jerarquías, contra un estado de cosas que ya era evidentemente insoportable en el país.
Así, finalmente, cuando el sátrapa se vio acéfalo de apoyo militar, fue cuando entonces optó por huir apresuradamente hacia Santo Domingo –entonces Ciudad Trujillo–, en donde gobernaba desde hacía casi 30 años, también amparado en los fusiles y en las bayonetas, otro carnicero vestido de militar llamado Rafael Leonidas Trujillo, quien, como es lógico suponer, lo recibió con los brazos abiertos. Al fin y al cabo, eran caimanes del mismo pozo: Dos bellacos, que transitaban un camino similar.
Por cierto, y, para conocimiento de las nuevas generaciones de venezolanos, especialmente las de periodistas, uno o dos días después de la huida del tirano, todos los medios de comunicación de ese momento en el país dieron a conocer la noticia de que, en el Palacio de Miraflores, se halló una maleta que había sido olvidada por el dictador en su huida, la cual contenía un total de 20 millones de bolívares en dinero efectivo, una verdadera fortuna para ese momento, habida cuenta de que, para entonces, –también valga la pena destacarlo, y, además, comparar— el dólar se cotizaba “apenas” a Bs. 3.30. ¿Qué tal?
Pues bien, el caso es que, tras la huida del dictador, el gobierno del país fue asumido, en la misma madrugada de ese 23 de enero, por una junta militar de gobierno integrada por el contralmirante Wolfgang Larrazábal Ugueto, quien la presidía, y los coroneles Pedro José Quevedo, Carlos Luis Araque, Abel Romero Villate y Roberto Casanova.
Pero estos dos últimos, por presión del pueblo que abarrotaba las calles de Caracas y de toda Venezuela, se vieron obligados a renunciar como miembros de la junta, al día siguiente, es decir, el 24 de enero, por atribuírseles una estrecha vinculación con la satrapía derrocada.
Fueron reemplazados ambos por dos civiles, a saber: El empresario Eugenio Mendoza y el técnico Blas Lamberti.
Lo que ha ocurrido en Venezuela desde entonces es otra historia (RG).