Las más recientes imágenes de Nicolás Maduro, tras su captura y traslado a los Estados Unidos, lo muestran con gestos de naturalidad y cierto sarcasmo, que chocan con la realidad, en medio de un complejo escenario y de una posible condena a más de 70 años de prisión.
El portal «Versión Final» resalta que Ivana Torres, sicóloga argentina, destaca que su “good nigth, happy new year” a los funcionarios de la DEA al llegar a su sede en Nueva York, esposado y cojeando, allanó algunas de sus dudas sobre el máximo líder del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), y heredero político de Hugo Chávez.
«Durante mucho tiempo me pregunté si esos discursos tan alejados de la realidad eran pura actuación, o si realmente se los creía”, se preguntaba Torres, quien hoy afirma que su comportamiento tendría que ver con estar por años rodeado de aplaudidores y adulantes que desdibujaron –o le desdibujaron– la frontera entre la realidad y el propio discurso.
“No es que no vea lo que pasa. Es que lo reinterpreta para evitar la caída de su yo. Ahí entran las defensas narcisistas, con rasgos paranoides”, asegura.
Y refuerza: “La captura no se vive en su caso como caída, sino como confirmación de poder: ‘Si el enemigo más grande vino por mí, es porque soy importante, especial, temido”.
En la opinión de la experta, Maduro trata de transformar la humillación en grandeza simbólica. “Así, el yo inflado no cae: Se refuerza incluso en la derrota”.
Piensa que va a regresar
Hay una idea instalada de invulnerabilidad tanto en Maduro como en parte de su entorno.
Alberto Barradas, fundador de la plataforma Psicovivir, sin embargo, explica que el sucesor de Hugo Chávez viene deteriorándose emocionalmente desde hace bastante tiempo.
«Hace poco, lo vimos frenético, emocionado, bailando, gritando, y, de repente, bajaba la guardia y estaba suave, hablando de negociar con los Estados Unidos, pero, de pronto, otra vez confrontando: ‘No; vengan a buscarme, cobardes”, parafrasea Barradas sobre el comportamiento de Maduro previo a su captura.
El sicólogo venezolano sostiene que los altos niveles de estrés fueron determinantes en esa actitud.
“Lo que vivió debe haber sido una cosa profundamente traumática. Estoy completamente seguro”, destaca.
Barradas cree que, hoy, Maduro se encuentra en un estado de negación.
“Y si adicionalmente a eso le sumamos un estado hipomaniaco, ese proceso emocional colisiona dentro sí mismo y lo hace negar la realidad”, refuerza.
Y así valora Barradas su comportamiento al sonreír durante los traslados, o levantar los pulgares sentado en una silla, esposado y rodeado por sabuesos policiales estadounidenses:
“Él no está asumiendo todavía lo que le está pasando. En su cabeza, él mismo se ve protagonizando una gesta heroica, comparándose con Chávez, pensando que va a regresar, asumiendo que va a volver al poder. Todavía no procesa lo que está sucediendo. Lo que hace es intentar enviar mensajes, todavía tratándose de comunicar desde una posición de poder que ya no tiene”.
Ivana Torres aclara algo fundamental: Lo expuesto sobre Maduro no es un diagnóstico clínico —imposible de hacer a la distancia—, sino un análisis de conductas públicas y una lectura teórica posible desde distintos marcos sicológicos.
«Cuando alguien así gobierna, esa megalomanía no se sostiene sola. En este caso, el precio lo pagó un país entero, obligado a sostener durante 28 años (14 de ellos de Hugo Chávez) una fantasía de poder a cualquier costo. Él mismo lo dijo alguna vez: Lo que no lograse con votos, lo haría mediante las armas” (RG).