Con esta pieza sobre el legado de Valentino, Elías Gutiérrez San Julián inaugura su columna semanal de Notas de Sociedad en El Informador VE
En la fría mañana del invierno romano, el sol acarició las piedras milenarias de la basílica de Santa María de los Ángeles y Mártires, mientras invitados de todo el mundo —desde estrellas de Hollywood hasta titanes de la moda— entraban a pasos solemnes y miradas lacrimosas a rendir tributo al fallecido ícono del lujo, el glamour y la sofisticación.
El funeral del mítico diseñador Valentino Garavani, el último gran modista de la época dorada de la industria, se llevó a cabo en Roma bajo un cielo invernal que parecía sollozar por su muerte y cada instante en la basílica de Santa María de los Ángeles y los Mártires se vivió como un momento ritual y familiar, con música clásica elevando el espíritu, discursos que combinaron silencios cargados de emoción y el recuerdo íntimo con la gratitud por una vida dedicada a la moda como arte.
Hablar de Valentino Garavani es hablar de alta costura, de sofisticación y glamour, de la elegancia elevada a categoría estética suprema y de una idea de belleza que se resiste al paso del tiempo. Valentino no solo vistió cuerpos: construyó un imaginario, una forma de entender el lujo como disciplina, rigor y emoción.
Nacido el 11 de mayo de 1932 en Voghera, Valentino más que un diseñador fue un visionario que enseñó al mundo a celebrar la feminidad con reverencia y magia. Su legado radica en los vestidos que deslumbraron en alfombras rojas, palacios y recepciones diplomáticas, así como también en la idea de moda como gesto cultural: una forma de expresar identidad y dignidad sin caer en la ostentación vacía.
Desde su casa en Roma, fundada en 1960 junto a su compañero de vida, Giancarlo Giammetti, creó una estética que trascendió generaciones. Su trabajo vistió a primeras damas, estrellas de cine y aristócratas, convirtiendo la alta costura en un lenguaje global de poder y encanto.
Apenas salido de la pubertad Valentino descubrió que su destino estaba ligado a la belleza. Mientras otros niños soñaban con ser héroes de guerra o estrellas de cine, él imaginaba vestidos. París fue su primera gran escuela: allí llegó a los 22 años para estudiar en la Escuela de Bellas Artes y en la Cámara Sindical de la Alta Costura, empapándose de la tradición de Balenciaga, Dior y Givenchy. Aquella ciudad le enseñó que la moda podía ser tan rigurosa como la arquitectura y tan sensible como la poesía.
Desde el inicio de su carrera, Valentino dejó claro que su propuesta no seguiría las modas pasajeras.
Mientras el mundo cambiaba a velocidad vertiginosa, él apostó por una estética atemporal, basada en líneas puras, cortes impecables y una devoción casi religiosa por el detalle que lo llevó a su consagración internacional, una vez que la crítica y la creciente clientela quedaron hechizadas con su desfile en el Palazzo Pitti de Florencia, en la primavera de 1962. A partir de allí, se convirtió en el modista de las grandes mujeres del poder, del cine y de la aristocracia contemporánea: desde Jacqueline Kennedy, Audrey Hepburn, Elizabeth Taylor y Sophia Loren hasta Diana de Gales, Anne Hathaway, Jennifer López, Anne Wintour y Marie Chantal Miller. Todas encontraron en sus creaciones una segunda piel, una afirmación silenciosa de autoridad y gracia, un estilo que las realzaba en sus propias personalidades.
Quedará para la historia de la moda uno de los sellos más reconocibles de su legado, el “Rojo Valentino”, un tono único que no es simplemente un color, sino una declaración de creatividad. Es el rojo de la pasión contenida, de la teatralidad elegante, de la mujer que entra a una sala y no necesita hablar para hacerse sentir. Ese rojo resume su visión: sensualidad sin estridencias, lujo sin excesos, y será siempre ese recordatorio de un estilo único e irrepetible: ¡el estilo Valentino!
Elías Gutiérrez San Julián es un observador devoto de la belleza y las artes. A través de su pluma, busca rescatar el glamour atemporal y los relatos detrás de las grandes figuras de la cultura, la monarquía y la alta sociedad internacional.
