Mientras el mundo celebra el inicio del 2026, dentro del cerebro ocurre un proceso fascinante. Para la neurociencia y la psicología, el 1 de enero funciona como un «marcador temporal» que permite a la mente separar el pasado de las posibilidades del futuro, aun cuando la realidad material permanece igual.
Investigadores de la Universidad de Pensilvania han denominado a este fenómeno como el «Efecto de Nuevo Comienzo». Según estos estudios, fechas como el primer día del año actúan como fronteras mentales. El cerebro percibe el 1 de enero como una oportunidad para crear una nueva versión de «uno mismo», dejando atrás los fallos del «yo» del año anterior.
Al sentir que el contador está en cero, la motivación aumenta y los objetivos que antes parecían inalcanzables se perciben como posibles. En ese sentido, el 1 de enero activa mecanismos cognitivos específicos que influyen en el estado de ánimo y en la toma de decisiones.
La visualización de un año exitoso activan el sistema de recompensa del cerebro, el cual automáticamente libera dopamina. Este neurotransmisor proporciona la energía necesaria para la «euforia de enero», esa sensación de optimismo que impulsa a las personas a comenzar nuevas actividades diarias.
Es así, como el cerebro interpreta la fecha como un punto de reinicio simbólico, para que el ser humano comience a planificar nuevos proyectos, piense en ideas para crecer y procesar lo que vendrá en los próximos meses del año nuevo.
