Ya sea bajo el nombre de cepillado, granizado o el popular ‘raspao’, este ícono helado de la identidad venezolana ha refrescado a generaciones gracias a la destreza de los vendedores ambulantes y sus coloridos carritos. En el estado Lara, esta tradición de hielo picado y jarabes frutales se ha mantenido en manos de quienes han hecho del oficio una forma de vida.
Precisamente en el corazón de Barquisimeto, donde el calor del sol larense no da tregua, existe un refugio de hielo y color que ha resistido el paso de medio siglo. Allí, detrás de un carrito de metal, se encuentra Lucindo Castro, un hombre de 70 años que ha convertido el arte de raspar hielo en el sustento de su vida y en un símbolo de tradición para la ciudad.
Lucindo es oriundo del municipio Urdaneta, pero la vida lo trajo a Barquisimeto cuando apenas tenía 22 años. Llegó con su esposa y un sueño bajo el brazo: trabajar con dignidad y ser ejemplo de superación. Fue entonces cuando decidió estacionar su destino en la Plaza Jacinto Lara, un lugar que se convertiría en su segunda casa y en el escenario donde vería pasar la historia de la ciudad, vaso tras vaso.
«Tengo 50 años trabajando aquí, decidí trabajar con los raspados, compré un carrito, me resultó y me quedé con este trabajo, pude costear los gastos que tenía, y ayudar a mis hijos para que se graduaran», contó Castro.
Aunque en Caracas le digan frappé y en el Zulia el cepillado, para Lucindo y sus clientes de la zona centro-occidental, el «raspao» es el nombre de este refrescante helado tradicional.
«Yo llego a las 6:00 a.m. a trabajar, yo compro los ingredientes y preparo el melao, vendo con sabores de parchita, colita, uva, chicle y limón. Esto es una tradición, nunca decae la venta de los rapao’s», expresó.
Con una sonrisa, atiende a sus clientes y es que detrás de cada vaso no solo hay hielo y una variedad de sabores; hay una familia. Con la nobleza de este oficio, Lucindo logró lo que para muchos parecía imposible: sacar adelante a sus cinco hijos, quienes ahora son profesionales y le brindan su apoyo a cada momento.
«La idea es buscar el trabajo y olvidándose de muchas cosas que no se pueden hacer, con el trabajo es que uno progresa», aseveró Castro, quien cada día se levanta con el deseo de seguir trabajando.
A sus 70 años, Lucindo Castro sigue firme en su puesto. Su carrito no es solo un negocio, es un punto de referencia en la geografía de Barquisimeto. Nos recuerda que el trabajo honesto, por más sencillo que parezca, es la base de las grandes familias venezolanas.
Fotos: Julio Colmenárez
