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  • El 4 de febrero de 1992: De una contundente derrota militar a una gran victoria política

    Este miércoles 4 de febrero se cumplen 34 años de una fecha histórica en Venezuela.

    Histórica, porque marcó el inicio de una serie de acontecimientos políticos en Venezuela, que finalmente derivaron en un cambio radical de gobierno en este país, a partir del 2 de febrero de 1999.

    En esa fecha –4 de febrero de 1992–, se produjo una intentona golpista contra el gobierno que, para ese entonces, presidía Carlos Andrés Pérez.

    Intentona que, por cierto, con el correr del tiempo, pasó de ser, de una contundente derrota militar, a un gran triunfo político.

    Es más, los militarmente derrotados de ese entonces son quienes ya llevan 27 años gobernando al país.

    El movimiento insurreccional estuvo encabezado por cinco tenientes coroneles del ejército, que fueron, por cierto, los de mayor jerarquía involucrados en el movimiento golpista.

    Se trató de Hugo Chávez Frías, Francisco Arias Cárdenas, Jesús Urdaneta, Yoel Acosta Chirinos y Jesús Miguel Ortiz Contreras.

    No hubo ni coroneles ni generales involucrados en esa conspiración militar.

    Antecedentes

    De todas maneras, valga destacar que la referida intentona golpista, e incluso el hecho de que, a posteriori, la misma se convirtiese en una gran victoria política, no fue en absoluto obra de la casualidad.

    En efecto, se conjugaron para ello una serie de factores sociales, políticos y económicos, para que todo eso condujese a lo que finalmente condujo, valga la redundancia.

    Enumerar y detallar todos esos factores llevaría a un abundante y extenso relato.

    No obstante, tratando de resumir, pudiéramos referirnos a algunos de ellos.

    En primer lugar, pese a que Carlos Andrés Pérez había ganado abrumadoramente las elecciones presidenciales de 1.988 con más del 50 por ciento de la votación, para el momento del alzamiento militar –tres años después- ya su popularidad estaba bastante disminuida, especialmente por dos importantes factores.

    Uno de ellos, el histórico suceso conocido como “El Caracazo”, que fue una verdadera insurrección popular que se produjo en Caracas durante los días 27 y 28 de febrero de 1989.

    Dicha “insurrección” se originó como respuesta de una enfurecida población caraqueña a un plan de fuertes restricciones económicas puestas en práctica por el presidente Pérez, a poco menos de dos meses de haber asumido su segundo mandato.

    Esas medidas impactaron tremendamente en la población, que no dudó en tomar las calles en furiosas protestas, que se convirtieron rápidamente en saqueos y pillaje por todas partes.

    Y, para poder retomar el orden público, Pérez optó por enviar a las calles capitalinas, no solamente a la policía, sino también al ejército.

    Lo cierto es que esa revuelta popular fue sofocada finalmente a balazo limpio, con un trágico saldo que las cifras oficiales ubicaron en 300 muertos, pero que otros incluso la elevaron hasta mil.

    Por supuesto, los heridos se contaron por centenares.

    Desprestigio

    Otro aspecto que allí jugó papel destacado –y tal vez sin que ni el mismo Hugo Chávez cayese en cuenta–, fue el cada vez mayor desprestigio para ese momento de los llamados “partidos del status”, que no eran otros que AD y Copei.

    Y ese desprestigio venía de una serie de gobiernos llenos de desaciertos políticos y económicos, con un incremento de la pobreza y del desempleo, y, sobre todo, marcados por una impúdica corrupción desbordada.

    Esto último fue, tal vez, el segundo factor que tanto influyó en ese alejamiento del favor popular hacia Pérez y hacia su gobierno.

    Mucha gente no terminaba de entender cómo era que, durante los últimos 20 años, numerosos funcionarios públicos salían de sus cargos convertidos en millonarios, de la noche a la mañana, y sin que nadie dijese nada.

    Lo cierto es que los sublevados lograron controlar todas las entidades federales que les habían sido encomendadas, vale decir Aragua, Carabobo, Miranda y Zulia.

    Ironía

    No obstante, la única excepción fue Caracas, que, irónicamente, le había sido encomendada a Chávez, incluido en ella el Palacio de Miraflores, en donde se hallaba precisamente Carlos Andrés Pérez, llegado dos o tres horas antes de una gira internacional.

    Y aun cuando los tanques pudieron acercarse hasta las puertas del palacio presidencial, ya el mandatario había sido avisado del “pugilato” golpista, lo que le permitió evadirse y llegarse gasta la sede de Venevisión.

    Desde allí, Pérez se dirigió a la nación, para informar al país acerca de la conjura en marcha, y de las medidas que había dictado para someterla.

    Finalmente, en lo que aparentemente fue un acuerdo con el alto gobierno, Chávez apareció ante las cámaras de televisión para asumir la jefatura de la sublevación.

    Pero también para anunciar su rendición, a la vez que solicitaba a los otros jefes implicados en el movimiento que igualmente se entregaran, “para evitar más derramamiento de sangre”, como él mismo lo dijo.

    El célebre “por ahora”

    En esa aparición televisiva, se hizo histórica la todavía célebre expresión de Chávez del “por ahora”, que se convirtió en un término emblemático del chavismo y de sus seguidores.

    Lo cierto es que el alzamiento fue sofocado, y sus líderes reducidos a prisión.

    Todos ellos, además de otros oficiales implicados, e incluso algunos civiles, fueron enjuiciados y encarcelados.

    Sin embargo, dos años después, fueron todos indultados por el presidente Rafael Caldera.

    Éste había recibido el mando del entonces presidente interino, Ramón J. Velásquez, quien, a su vez, había reemplazado al destituido presidente Pérez.

    Valga recordar que Chávez siempre defendió su intentona golpista, incluso llamándola permanentemente como “una rebelión popular”.

    No obstante, sus adversarios apuntan que, precisamente, si algo le había faltado a ese movimiento golpista castrense fue respaldo popular, debido a que casi ningún venezolano tenía conocimiento de que, en esa fecha, se iba a producir ese intento de derrocar por las armas al gobierno constitucional del país, y, más aún, debido a que nadie salió a las calles a apoyar la intentona.

    Historia conocida

    A partir de allí, lo demás es historia conocida.

    Una vez en libertad, los cabecillas golpistas, desde Chávez para abajo, se incorporaron a la denominada “lucha democrática”, fundaron tres partidos, uno tras otro –MR-200, MVR y PSUV—, y se dedicaron a recorrer las calles del país.

    Ayudados, como antes lo señalamos, por el evidente deterioro popular de los “partidos del status”, y con el agregado del indiscutible carisma y del encendido discurso de Chávez, esos mismos golpistas finalmente lograron un avasallante triunfo en las elecciones presidenciales de diciembre de 1998, triunfo que finalmente los catapultó al poder en febrero de 1999.

    Desde entonces, el chavismo está gobernando al país.

    Sin embargo, una severa afección cancerígena acabó con la vida de Chávez en el año 2013, cuando fue sucedido por su hijo político y delfín, Nicolás Maduro Moros.

    Por cierto, tanto el uno como el otro lo han hecho enmarcados en una agresiva actitud y retórica “antimperialista”, al extremo de llegar a romper relaciones diplomáticas con el país del Norte.

    Pareciera, sin embargo, que, a raíz de los acontecimientos de la madrugada del pasado 3 de enero –acontecimientos ampliamente conocidos de la opinión pública nacional–, la situación tiende a “normalizarse”, al extremo de que ya tenemos en Caracas a una delegada personal del presidente estadounidense Donald Trump, que, incluso, ya fue recibida en el propio Palacio de Miraflores por la presidenta encargada, Delcy Rodríguez.

    En todo caso, lo cierto es que, como quiera que haya sido, los golpistas del 4 de febrero de 1998 llevan ya 27 años gobernando al país.

    ¿Para bien, o para mal? ¿Y hasta cuándo? El tiempo lo dirá (RG).

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