En 1997, Frédéric Beigbeder sacudió el mundo literario con su novela «El amor dura tres años», bajo la premisa de que la pasión tiene fecha de vencimiento. Según su visión, el primer año es pura adrenalina, el segundo trae el agotamiento de la novedad y el tercero nos enfrenta a una cruda realidad que suele terminar en ruptura o conformismo. Pero, ¿es esta visión pesimista una regla universal o tiene una explicación más profunda?
La ciencia parece darle la razón al autor, aunque por motivos de supervivencia. La neurocientífica Sara Teller explica en su ensayo Neurocuídate que el enamoramiento es, en realidad, un cóctel químico de estrés. Sustancias como la noradrenalina y el cortisol inundan nuestro sistema, provocando taquicardias, insomnio y una atención obsesiva que, aunque excitante, resulta agotadora para el organismo a largo plazo.
Desde una perspectiva biológica, que el «flechazo» sea limitado es una cuestión de salud. Mantener esos niveles tan altos de agitación mental y física durante años nos impediría funcionar con normalidad en el trabajo o en otras facetas de la vida. Básicamente, nuestro cerebro necesita que la intensidad baje para que podamos recuperar el equilibrio y operar en el mundo real sin las facultades alteradas.
Al final, que la química inicial se disipe no significa necesariamente el fin del amor, sino el inicio de una etapa más estable y menos estresante. Entender que nuestro cuerpo simplemente está buscando sobrevivir al «caos» del enamoramiento nos permite ver la evolución de la pareja no como una pérdida, sino como una transición necesaria.
