En medio del revuelo mediático que ha generado la supuesta práctica de inyectar ácido hialurónico en zonas genitales para alterar las mediciones de los trajes en el salto de esquí —un rumor que la FIS ha calificado repetidamente como “salvaje” y sin evidencia alguna—, es necesario aclarar el rol real y médico de esta sustancia en el mundo del esquí de alto nivel.
Consultamos directamente con un médico cercano a El Informador, quien nos explicó con claridad el panorama ético y clínico, separando tajantemente el uso terapéutico del abuso especulativo que circula en redes y tabloides.
El ácido hialurónico en su contexto médico real
En las competencias de esquí sobre nieve, NO es habitual ni reglamentario que los competidores se inyecten ácido hialurónico como parte del rendimiento deportivo. No se trata de un procedimiento estándar, ni mucho menos de un “dopaje funcional” aceptado en el circuito.
Lo que sí ocurre con frecuencia entre esquiadores de élite —tanto en disciplinas alpinas como de fondo o salto— es el uso médico legítimo de infiltraciones de ácido hialurónico fuera de competencia, siempre bajo supervisión especializada.
Las indicaciones principales son:
– Desgaste de cartílago por años de impactos repetidos.
– Condromalacia (reblandecimiento del cartílago, común en rodillas de esquiadores).
– Artrosis precoz en articulaciones sometidas a torsión y cargas extremas.
– Lesiones crónicas derivadas de caídas, giros violentos y entrenamientos intensivos.
El objetivo es claro y terapéutico: lubricar la articulación, reducir la inflamación, aliviar el dolor y permitir que el atleta continúe entrenando o compitiendo pese al daño acumulado. Es una herramienta para prolongar la carrera deportiva de atletas que, de otro modo, tendrían que retirarse prematuramente.
Lo que NO hace el ácido hialurónico
El experto fue enfático al desmontar mitos:
– No aumenta la fuerza muscular.
– No mejora la velocidad máxima.
– No potencia los reflejos ni la coordinación.
– No incrementa la resistencia cardiovascular o anaeróbica.
– No altera el sistema nervioso ni el cardiovascular de forma sistémica.
Se trata de un tratamiento local, que actúa en la articulación infiltrada sin circular por la sangre ni “engrasar” el cuerpo entero. Tampoco protege del frío ni mejora el deslizamiento sobre la nieve de manera mágica. Cualquier beneficio aerodinámico o de rendimiento proviene exclusivamente de la reducción del dolor y la mejora de la movilidad articular, no de una potenciación directa.
Conclusión: separar la medicina del mito
Mientras la WADA y la FIS continúan monitoreando cualquier evidencia concreta del llamado “Efecto Vela” o “Penis-gate” —que hasta la fecha se mantiene en el terreno de los rumores sin un solo caso probado—, el ácido hialurónico sigue siendo un aliado médico valioso para muchos esquiadores que sufren el desgaste inevitable de este deporte de alto impacto.
Es clara la distinción: tratar articulaciones dañadas para que un atleta pueda seguir compitiendo sin dolor no es trampa; es medicina deportiva responsable. Usarlo para manipular reglas técnicas sería otro debate ético y regulatorio.
La nieve de Milano-Cortina sigue siendo el escenario de hazañas atléticas… y, por ahora, de especulaciones que no logran opacar el valor real de tratamientos que ayudan a prolongar carreras legendarias.
